19 de junio de 2011

Inkwell Heart

  Era una noche fría. La nieve caía amontonándose en las chirriantes ventanas y la niebla invadía las calles, etérea, formando figuras fantasmales.
  En una habitación, cuya única luz irradiaba de unos antiguos candelabros, yacía un hombre en una cama mientras una joven, postrada a su lado, lloraba desconsoladamente. El hombre tenía el rostro demacrado y su mirada mostraba una larga vida. Apenas podía moverse y respirar era un suplicio. Con gran esfuerzo dirigió su mirada a la muchacha y una amplia sonrisa se dibujó en su rostro. Entonces cerró los ojos, para no despertarse nunca mas.La chica hundió el rostro entre las sábanas, ahogada en su propio llanto, mientras los sirvientes se llevaban el cadáver.


  Pasaron los días, cada vez más insufribles. No podía vivir tranquila con el recuerdo de su padre muerto y decidió deshacerse de todas sus pertenencias. Cierto día, mientras seleccionaba las incontables cosas de su progenitor, la joven entró en su estudio. Su padre nunca le permitió entrar en esa habitación y para ella fue como un mundo nuevo.
  Las paredes estaban rodeadas de estanterías con cientos de libros y en el suelo yacía una enorme alfombra roja con detalles exuberantes. A la derecha había una escalera que llevaba a una estancia pequeña, con una silla y una cómoda que se veían desde abajo. Al frente, en lo más alejado, se encontraba un gran ventanal con cortinas de terciopelo púrpura, y a sus pies un escritorio enorme con su respectiva silla, sin duda eran obras de un gran artesano.
  La habitación era una maravilla, muy al estilo de su padre, lo que hizo que estallará en lágrimas. Mando a las doncellas de la casa deshacerse de todas las cosas que ocupaban el lugar y entonces un centelleo, proveniente del escritorio, la distrajo. Se acercó a él muy despacio, percatándose que el resplandor lo había producido un tintero y su lado había una pluma. Le llamó tanto la atención que fue incapaz de tirar ambas cosas. Las guardó en su abrigo y dejó que las sirvientas siguieran con su trabajo.
  Entró en su habitación y desesperadamente sacó la pluma y el tintero del bolsillo para saciar, sin saber por qué, las ansias de escribir. Contemplo la pluma durante un rato, fijándose en los detalles, en la exquisita elaboración de los motivos florales y en el brillo plateado de la afilada punta. Después destapó el tintero y hundió la pluma en la tinta roja, escribiendo en una hoja que estaba en su escritorio. De repente le invadió un profundo sueño del que no pudo resistir y cayó rendida, presa del encanto. Cuando despertó ya era de día y la pluma y el tintero habían desaparecido. Buscó por todas partes, puso patas arriba su habitación, pero no había ni rastro de los objetos. Se dio por vencida e ignoró lo sucedido.
  El tiempo pasaba y sin saber por qué no dejaba de pensar en ello, en como podrían haber desaparecido de esa manera. No podían salir corriendo, ¿no? ¿O tal vez si? ¿Lo habrían robado los sirvientes? Las ideas se le nublaban cada vez más hasta que una noche mientras se duchaba se percató de que en su pecho, justo en el corazón, sobresalía un pequeño bulto. No le dio importancia ya que era diminuto pero al día siguiente había crecido un poco más.
  Llamó al médico y le explicó lo sucedido. El hombre le pidió que se lo mostrara. Entonces se dio cuenta de la confusión que asolaba al viejo doctor ya que, a sus ojos, no había ningún bulto. La joven siguió insistiendo hasta que lo enfureció y salió de la casa inmediatamente. Estaba asustada. Le preguntó a los sirvientes y le contestaron lo mismo. En su pecho no había ningún rasgo de imperfección pero ella lo veía. ¿Cómo podía negar lo que le mostraban sus ojos?
  Día tras día empezó a obsesionarse, aveces recordaba a su padre, otras la pluma y el tintero, otras el extraño bulto, que crecía más y más... Se volvió más agresiva, más confusa. Acusaba a sus sirvientes de sus problemas, les pegaba, y ellos solo podían ir con su preocupación a otra parte. Le tenían miedo, temían como reaccionaría a cualquier cosa. Se había vuelto loca. No comía, no dormía y hablaba sola, mientras miraba incesantemente su pecho. Hasta que un día se encerró en su habitación y sucumbió a la locura.
  El bulto había crecido considerablemente y era extraño porque el centro de este tenía forma circular  donde cedía la piel al tocarla. Entonces no pudo más. Tenía que arrancar esa maldita deformación y buscó. Buscó por todas partes algo que la salvará de ese tormento. Entró en su baño particular y allí estaba, tan perfecta como el primer día, con sus preciosas flores dibujadas. Su brillante y afilada punta le pareció perfecta y comenzó a apuñalarse una y otra vez, desgarrando la carne, ignorando el dolor, ignorando el hedor de la sangre. Por fin la carne se abrió del todo y pudo ver el incesante destello del cristal, vacío, sin tinta, y lo extrajo con fuerza, sintiendo la cuadrada forma en sus manos.
  Cuan insólita fue su sorpresa al recordar que nunca tuvo padre, que nunca hubo pluma ni tintero, y que lo que yacía en sus trémulas manos era...

                                                                                                                     ...su corazón.

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